domingo, agosto 07, 2005

Principales teorías éticas.

Principales teorías éticas.
Veamos algunas de las teorías éticas que han sido más relevantes en la tradición filosófica occidental.
Intelectualismo moral.
Según esta teoría, conocer el bien es hacerlo; sólo actúa inmoralmente el que desconoce en qué consiste el bien. Puede comprobarse, pues, que esta teoría es doblemente cognitivista, ya que no sólo afirma que es posible conocer el bien, sino que además defiende que este conocimiento es el único requisito necesario para cumplirlo.
El filósofo griego Sócrates fue el primero en mantener esta postura ética. Para Sócrates, no sólo el bien es algo que tiene existencia objetiva y validez universal, sino que, además, al ser humano le es posible acceder a él. Así, pues, Sócrates concibe la moral como un saber. De la misma forma que quien sabe de carpintería es carpintero y el que sabe de medicina es medico, sólo el que sabe qué es la justicia es justo. Por lo tanto, para este filósofo no hay hombres malos, sino ignorantes, y no hay hombres buenos si no sino sabios.
Eudemonismo.
Muchas veces te puedes preguntar para qué sirve tal o cual cosa, pero en ocasiones, esta pregunta es absurda. Por ejemplo, si preguntamos para qué sirve la felicidad, la respuesta sería para nada, pues no es algo que se busque como medio para otra cosa, sino que se basta a sí misma, es un fin. Las éticas que consideran la felicidad (audaimonía) el fin de la vida humana y el máximo bien al que se puede aspirar son eudaimonistas. Ahora bien, decir que el ser humano anhela la felicidad es como no decir nada, pues cada uno entiende la felicidad a su modo.
Aristóteles fue uno de los primeros filósofos en defender el eudemonismo ético. Pero, ¿qué entendía Aristóteles por felicidad? Todos los seres tienden por naturaleza a un fin (la semilla tiene como fin ser árbol, la flecha, hacer diana…); por tanto, no podría ser menos en el caso del ser humano. Como lo esencial (lo que distingue) es su capacidad racional, el fin al que por naturaleza tenderá será la actividad racional. Así pues, la máxima felicidad del ser humano residirá en lo que le es esencial por naturaleza: la vida contemplativa, es decir, el ejercicio teórico de la razón en el conocimiento de la naturaleza y de Dios.
Hedonismo.
La palabra hedonismo proviene del término griego hedoné, que significa placer. Se considera hedonista toda doctrina que identifica el placer con el bien y que concibe la felicidad en el marco de una vida placentera. Aunque existen muchas teorías que pueden calificarse de hedonistas, suelen diferir entre ellas de la definición propuesta de placer.
Los cirenaicos formaron una escuela iniciada por un discípulo de Sócrates, Aristipo (435 a.c.). Según este filósofo, la finalidad de nuestra vida es el placer, entendido en sentido positivo como goce sensorial. El hedonismo cirenaico, por tanto, concibe el placer como algo sensual y corporal, y no como fruición intelectual ni como mera ausencia de dolor.
Aunque podamos interpretar esta postura como la reivindicación de una vida disoluta de entrega a los placeres de la carne, lo cierto es que los cirenaicos preconizaron, también, la moderación necesaria para evitar consecuencias nefastas. Una entrega excesiva a los placeres de hoy puede comportar un incremento del dolor mañana.
Al igual que los cirenaicos, el epicureismo identifica placer y felicidad. Sin embargo, a diferencia de los primeros, define el placer como la mera ausencia de dolor. No se trataría, por tanto de buscar el placer sensual del cuerpo, sino la ausencia de pesar del alma. Esta serenidad y tranquilidad del alma (ataraxia) es el objetivo que debe perseguir todo ser humano y es la verdadera esencia de la felicidad. Pero, ¿de qué modo es posible alcanzarla? Según Epicuro, mediante un cálculo exacto de los placeres que tenga en cuenta que un placer hoy (disfrute de manjares y bebidas) puede ser un dolor mañana (enfermedad) y, en cambio, lo que hoy se nos presenta con dolor (operación quirúrgica) puede anunciar un próximo bien (salud). Por ello, el sabio que se conduce razonablemente y no escoge a lo loco lo que puede ser sólo aparentes placeres logra una vida más tranquila y feliz.
Estoicismo.
En un sentido amplio, pueden considerarse estoicas todas las doctrinas éticas que defiendan la indiferencia hacia los placeres y dolores externos y la austeridad en los propios deseos. Ahora bien, en un sentido estricto se conoce por estoicismo tanto la corriente filosófica grecorromana, iniciada por Zenón de Citio, como la teoría ética mantenida por estos filósofos.
La ética estoicismo se basa en una particular concepción del mundo: éste se encuentra gobernado por una ley o razón universal que determina el destino de todo lo que en él acontece, lo mismo para la naturaleza que para el ser humano. Por lo tanto, el ser humano se halla limitado por un destino inexorable que no puede controlar y ante el que sólo puede resignarse.
Ësta es la razón de que la conducta correcta sólo sea posible en el seno de una vida tranquila, conseguida gracias a la imperturbabilidad del alma, es decir, mediante la insensibilidad hacia el placer y hacia el dolor. Esta imperturbabilidad sólo será alcanzable en el conocimiento y asunción de la razón universal, o destino que rige la naturaleza, y por tanto, en una vida de acuerdo con ella.
Iusnaturalismo ético.
Se puede calificar de iusnaturalistas toda teoría ética que defiende la existencia de una ley moral, natural y universal, que determina lo que está bien y lo que está mal. Esta ley natural es objetiva, pues, aunque el ser humano puede conocerla e interiorizarla, no es creación suya, sino que la recibe de una instancia externa.
Santo Tomás de Aquino es, seguramente, el filósofo que ha mantenido de forma más convincente el Iusnaturalismo ético. Según este filósofo, Dios ha creado al ser humano a su imagen y semejanza y, por eso, en su misma naturaleza le es posible hallar el fundamento del comportamiento moral. Las personas encuentran en su interior una ley natural que determina lo que está bien y lo que está mal, gracias a que ésta participa de la ley eterna o divina. Sin embargo, esta ley, en virtud de la cual a las personas les es posible reconocer los valores morales pues el ser humano es intrínsicamente libre para acatarla o violarla. Ahora bien, gracias a esta ley natural, inmutable y universal, que Dios regala al ser humano, valores como el derecho a la vida se nos presentan de forma completamente natural y evidente, impidiendo la duda acerca de su validez y verdad.
Formalismo.
Son formales todos los sistemas que consideran que la moral no debe ofrecer normas de conducta, sino limitarse a establecer cuál es la forma característica de toda norma moral.
Kant fue el filósofo que reivindicó por primera vez la necesidad de una ética formal. Según este autor, sólo una ética de estas características podría ser universal y garantizar la autonomía moral propia de un ser libre y racional como el ser humano. La ley o norma moral no puede venir impuesta desde fuera (ni por la naturaleza ni por la autoridad civil…), sino que debe ser la razón humana la que debe darse a sí misma la ley. Si es así, si la razón legisla sobre ella misma, la ley será universal, pues será valida para todo ser racional, es decir, para todo ser humano.
Esta ley, que establece cómo debemos actuar para hacerlo correctamente, sólo es expresable mediante imperativos (mandatos) categóricos (incondicionados). Éstos se diferencian profundamente de los imperativos hipotéticos que proponen las éticas materiales. Un imperativo hipotético que proponen las éticas materiales. Un imperativo hipotético expresa una norma que sólo tiene validez como medio para alcanzar un fina. Por ejemplo, el imperativo “no comas en exceso” expresa una norma que sólo tiene sentido si pensamos que la finalidad humana es vivir placenteramente sin escatimar ningún goce.
El imperativo categórico que formula Kant es: “actúa de manera que tu acción pueda convertirse en norma universal”. Fíjate en que este imperativo no depende de ningún fin y además, no nos dice qué tenemos que hacer (comer en exceso o no), sino que sirve de criterio para saber qué normas son morales y cuáles no. El imperativo categórico estable cuál es la forma que debe tener una norma para ser moral: sólo aquellas normas que sean universalizables (o sea, que puedan convertirse en ley universal) serán realmente normas morales.
Emotivismo.
Por emotivísimo se entiende cualquier teoría que considere que los juicios morales (“esto es bueno”, “esto es correcto”, por ejemplo) surgen de emociones. Según esta corriente, la moral no pertenece al ámbito racional, no se puede ser objeto de discusión y argumentación y por tanto no existe lo que se ha llamado conocimiento ético.
Uno de los filósofos emotivistas por excelencia fue David Hume. Para él las normas y juicios morales surgen de los sentimientos de aprobación o rechazo que suscitan en nosotros ciertas acciones. Así, una norma como “debes ser sincero” o un juicio moral como “decir la verdad es lo correcto” se basan en el sentimiento de rechazo que provocan las acciones engañosas.
Para los emotivistas, los juicios morales, además de surgir y expresar nuestra aprobación o rechazo, tienen como función suscitar esos mismos sentimientos en el interlocutor y así, promover acciones conforme a éstas. Cuando alguien dice “robar es inmoral”, lo que está en realidad diciendo es “yo rechazo el robo, hazlo tu también”. Por lo tanto, la función que poseen los juicios y normas morales, según esta teoría, es influenciar en los sentimientos y en la conducta del interlocutor.
Utilitarismo.
El utilitarismo es una teoría ética muy cercana al eudemonismo y al hedonismo. Como éstos, defiende que la finalidad humana es la felicidad o placer. Por ello, para los utilitaristas, las acciones normas deben ser juzgadas de acuerdo al principio de la utilidad o de máxima felicidad:
“Las acciones son buenas en cuanto tienden a promover la felicidad, malas en cuanto tienden a producir lo opuesto a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, dolor y privación de placer” (Mill, J.S., Utilitarismo). Así pues, el utilitarismo, como el hedonismo y el eudemonismo, constituye una teoría ética teleológica, pues valora las acciones como medios para alcanzar un fin (felicidad o placer) y según las consecuencias que se desprenden de ellas. Una acción es buena cuando sus consecuencias son útiles (nos acercan a la felicidad) y es mala cuando sus consecuencias no lo son (nos alejan de ella).
La principal diferencia entre el utilitarismo y el hedonismo clásico (epicureista) es que el primero trasciende el ámbito personal. Cuando un utilitarista afirma que el fin de toda acción correcta es la felicidad, no entiende por felicidad el interés o placer personal, sino el máximo provecho para el mayor número de personas. De esta manera, el utilitarismo pretende vencer el carecer egoísta que muchos críticos habían atribuido a las éticas hedonistas clásicas.
Uno de los representantes más conocidos del utilitarismo es John Stuart Mill. Es interesante la distinción que hace este autor entre placeres inferiores y superiores: hay placeres más estimables que otros según promuevan o no el desarrollo moral propio del ser humano. Esto lleva a afirmar: “Es mejor ser una criatura humana insatisfecha que un cerdo satisfecho; es mejor ser Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho.”
Ética discursiva.
La ética discursiva es heredera y continuadora de la ética kantiana. Al igual que ésta, la ética del discurso es formal y procedimental, pues no establece normas concretas de acción, sino el procedimiento para determinar qué normas tienen validez ética.
El criterio para determinar qué normas son éticas es similar al kantiano, aunque formulado de forma distinta. Si en Kant tenía validez aquella norma que podía convertirse en ley universal, para las éticas discursivas es norma moral aquella que es aceptable por la comunidad de diálogo, cuyos participantes tienen los mismos derechos y mantienen relaciones de libertad e igualdad. Dicho de otro modo, ante la pregunta ¿es esta norma ética?, debemos tener en cuenta no sólo si es aceptable por nosotros, sino si sería aceptada por esta comunidad de discurso. En definitiva, como afirmó Kant, es norma moral aquella que es válida para todo ser racional, o como se diría actualmente, aquella que es válida para toda la comunidad de hablantes. Lo que diferencia esta ética discursiva de la ética kantiana es que quien decide si una norma es universalizable no es un individuo solitario, sino toda la comunidad de habitantes libres y racionales.
Jürgen Haberlas, entre otros, ha desarrollado una ética discursiva y procedimental de este tipo. Según este filósofo, sólo tienen validez aquellas normas aceptadas por consenso en una situación ideal de diálogo. Esta situación ideal debe cumplir una serie de requisitos. Entre los más importantes están los siguientes: todos los afectados por una determinada norma deben participar en su discusión; todos los participantes del diálogo deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades de argumentar y defender su postura; no puede existir coacción de ningún tipo y todos los participantes deben intervenir en el diálogo teniendo como finalidad el entendimiento.