jueves, agosto 11, 2005

Acción, hábito, carácter.

Acción, hábito y carácter.
Si nos situamos en la perspectiva de la moral como contenido, podemos afirmar que es en el actuar concreto donde se manifiesta el carácter moral del ser humano. Cada acción concreta puede ser valorada como moral o inmoral en función de si cumple o incumple las normas. Sin embargo, al hablar de moral nos referimos a algo que va mas allá de las acciones aisladas y concretas que pueda llevar a cabo un sujeto determinado. Cuando hablamos de moralidad o inmoralidad nos referimos sobre todo a los hábitos y el carácter de un sujeto moral.
Los hábitos (o costumbres) son ciertas tendencias a actuar de un determinado modo ante situaciones similares. Por ejemplo, estudiar para el examen de mañana es una acción aislada, la tendencia a estudiar con regularidad es un hábito que consiste en la repetición de esta misma acción (estudiar) ante situaciones similares (proximidad de un examen). El conjunto de hábitos de una persona constituye su carácter o forma de ser; es decir, los rasgos que lo distinguen de otros y que es posible observar en sus acciones concreta.
Aunque nacemos con unas predisposiciones concretas, nuestro carácter se forma por la repetición de acciones similares; quien se acostumbra a “no dejar para mañana lo que puede hacer hoy” termina por adquirir un carácter diligente. Por eso el carácter no puede considerarse algo que nos venga definitivamente dado, sino algo que vamos construyendo lenta pero constantemente con nuestro hacer cotidiano. Aunque es menos habitual, también pede ocurrir que una sola acción emblemática y decisiva provoque un brusco cambio de carácter. Por ejemplo, para una persona egoísta, arriesgar la propia vida para salvar la de otro puede suponer una acción decisiva que cambie para siempre su carácter. Cuando sucede algo así, hablamos de conversión.
El carácter se va haciendo día a día sobre nuestras acciones. Por esto, tenemos que sentirnos responsables de él. Ahora bien, una vez el carácter esta formado, este influye y condiciona fuertemente nuestras acciones concretas. Así, a una persona respetuosa le será más fácil respetar a sus semejantes en las situaciones puntuales del día a día que a una persona que no lo es. Cuanto más asimilado está el carácter, más difícil es llevar a cabo acciones de signo contrario a las que habitualmente solemos desempeñar. Por ello, puede decirse que el carácter es la base de nuestra naturaleza moral, pues una vez formado condiciona nuestras acciones, y en consecuencia, la corrección e incorrección de estas.